Día y noche sigues balanceándote por delicadeza, como el equilibrista seduce a la fina cuerda que ampara su propia vida para confundir a la gravedad y alcanzar, con mucho descaro, el otro extremo del cordel. Es aquí donde se paran mis pensamientos, mi demencia no deja conocer tu excentricidad. Así es. El brillante acróbata ve en su meta, la más abundante gloria. Su esfuerzo por mantenerse erguido en esa peligrosa travesía es persistente, incesante. Consigue hipnotizar las emociones del público, metiéndose en su bolsillo las turbaciones de sus espectadores por unos singulares minutos. Es el centro de las miradas, su actuación afecta a cada uno de los pares de ojos que habitan la sala. Jugando con la incertidumbre, se siente poderoso. Cuando llega al final, le espera la aclamación de esos individuos a los cuales acaba de regalar una tensión continuada de una gran calma. Ha logrado su recompensa.
Después de este corto, pero preciado tiempo, me cuesta creer que sigues adelantando pasos por mi fina cuerda. No sé qué es lo que esperas encontrar al final del camino, por más que busque en tus ojos, sólo veo mi tímida sonrisa reflejada en esos ojos tan cristalinos. ¿Cuál es tu recompensa? Mimo a mimo te acercas cada vez más. ¿De verdad tengo algo tan valioso? Continúas penetrando el laberinto que compone mi figura. Puedo ver la perfección en tus mejillas y la sanación de tu boca. Has despojado de mí esa temblorosa infancia y me has convertido en la doncella más bella del reino.
Todavía sin comprender, te has adentrando en mis enredos, y ya no puedo dejar que te retires, porque ahora y desde el principio, somos dos los que se balancean en esa cuerda.