No me consta que exista una piel tan suave como la de una madre, ni un olor tan confortable capaz de calmar hasta el llanto de un león. Insustituible cálido abrazo, experto en fundir hasta el más gélido sentimiento de desasosiego. Miradas de contemplación y aprobación que nos hacen valorar el camino más de dos veces. Esos ojos que han visto llegar los ríos de lágrimas antes de proclamarse ante el sufrimiento. Fuego que prende desde antes de darnos cuenta de nuestra propia existencia, creando un vínculo, que como cadenas forjadas en un volcán, casi utópico el que puedan romperse. No sé qué experimenta una madre por sus hijos, supongo que será como una fuerza ruda con raíces a sus pies prosperando por cada fruto que emana de sus ramas, creciendo para hacer crecer su dulce fruto. Único y singular. Como la mayor obra de arte conocida. Lo que sí sé es como una madre puede lograr convertir una semilla en una preciosa persona llena de sabor. Porque no somos lo que comemos, somos lo que nuestra madre nos ha dado de mamar, con esas manos tan fuertes como el acero rompiendo diques como migas de pan.
El crudo destino no quiso que ella estuviera aquí para vernos madurar a las vidas que nos otorgó. Insuficiente tiempo el que la tuvimos aquí. Complicando así lo incomplicable. Mas allá donde esté, bebimos de su ausencia, enseñándonos más de lo que creíamos poder alcanzar saber. Engrasando nuestros pobres corazones de hierro, evitando que se oxiden bajo la brisa de la madrugada. Diferente sangre, una misma herida imposible de sanar. Todavía así, su distancia nos unió. Nos hizo ser más fuertes, no obstante, no tanto como lo fue ella por nosotros. Y aunque no sé dónde acabaremos, será siempre juntos y con mucha valentía como ella nos hizo ser. Qué gran razón lo de que madre solo hay una, ¡pero qué una! No puedo felicitarte a ti, sino a nosotros, a Cayetano, Pilar y a mí misma, por tenerte como madre.