18 dic 2014

La carencia atiborra el odio

Me encienden las habladurías persistentes al paso del tiempo, a bocas de muchos dientes y pestilentes alientos que, como cochinos, disfrutan revolcándose en el fango. Lodo ajeno, ya que en sus espléndidas vidas bajo la axila materna no encontraron mayor regocijo. Me hierve mi propia raza al mencionar, a un aludir crudo y vacío de empatía. A cantar con ímpetu me enseñaron los carroñeros, yo solo era un animal que buscaba alimento en un desierto arduo de recorrer y sólo encontró un oasis imaginario. Me pierdo entre animadversión de quienes no son más que heces en un váter sucio, queriéndome llevar con ellos a esa inmundicia en la que viven absortos de mentiras. Falacias arrojadas por esa persona que un día fue, y ya no será. Psique sin conciencia, sin más pesar que su placer. Hubo un tiempo en que esa pobre muchacha sentía pena y tortura por sus maltratos, mas hoy solo encuentra ira. Me acalora la aversión de mi reflejo en ese espejo que me recuerda que sigo respirando. Ya no me tropieza el desconsuelo, no caen lágrimas por mis rosadas mejillas. La carencia atiborra el odio, aflorando de mí desprecio y cólera. Desearía cosas inimaginables que si pudiesen concederme mis sádicas fantasías pagaría eternamente en el averno. Sé que no es lo correcto ni bien me hace, sin embargo, es mejor que el desvelo y una arrogante melancolía destruyendo lo poco que me quedaba. Así es, me regodeo entre el odio que me hace marchar del pasado. Estoy sucia, pero despierta. Exhalando todo lo tétrico que desgarra mis entrañas.

31 ago 2014

Desvelos incesantes

Sofocante noche de calor, de esas en las que el más mínimo soplo de aire actúa como la medicina más efectiva. Desvelos incesantes, fatiga crónica y juicio espeso noche tras noche. Amanece más temprano fuera, sin embargo, dentro todo continúa dormido en un sueño que oscila. No hay sufrimiento, sólo desgana en este cuerpo oxidado por el sollozo salado, mirando un reloj que nunca avanza para bien. Ojeras, pañuelos y envoltorios vacíos dispersos por un suelo mugriento. No quedan fuerzas para continuar con la batalla, mas sigo respirando ese fétido olor a muerte amenazante. Vuelvo a mirar el reloj, ¿qué hora es? No importa, no voy a ningún lado, sólo dejo pasar el tiempo tontamente mientras evito recordar que un día fui dichosa. Una noche más, en esta agónica existencia en el que fantaseamos con no sentir más que lo físico. Puede que haya amanecido fuera, pero no saldré a comprobarlo por temor a que así sea. 

7 jun 2014

Como un bobo persiguiendo una colorida pelota

Amanece dentro de la oscura habitación, como preámbulo de película de ficción. Se ilumina parte del techo, el rincón donde he dejado tirada la ropa sucia, el escritorio donde antes describía amargos momentos, la alfombra desaliñada y por último, la cama donde me encuentro desde hace demasiado tiempo. Sigo en horizontal, mirando las luces que varían reflejadas en el techo, jugando con la mirada. Como mapa en el camino perdido, sigo los rayos hacia la ventana, me incorporo como un bobo persiguiendo una colorida pelota, embaucado por esa luz celestial que atraviesa el cristal como si humo fuese. Me asomo y me sorprendo, siento como el frío desaparece de mi piel al contacto con el ardiente sol. Comienzo a brillar, ¿será que vuelvo a encontrarme indagando entre los rayos del sol? No lo sé, solo comprendo que me encuentro maravillada con el exterior, sin esas cadenas que me oprimían en la oscura cama helada. Eso quiero ser ahora, libre, cual perro rescatado de la perrera. Así me sentía, abandonada en una jaula por el ser más querido que tuve, oliendo a serrín mojado. Ahora soy un animal callejero que se junta con diablos rubios que me mantienen despierta cuando el peligro acecha. Y como cualquier animal perdido, en busca de un lugar donde construirme mi madriguera de cartón esperando a que me visite la dicha bienaventurada. 

4 may 2014

Insustituible cálido abrazo

No me consta que exista una piel tan suave como la de una madre, ni un olor tan confortable capaz de calmar hasta el llanto de un león. Insustituible cálido abrazo, experto en fundir hasta el más gélido sentimiento de desasosiego. Miradas de contemplación y aprobación que nos hacen valorar el camino más de dos veces. Esos ojos que han visto llegar los ríos de lágrimas antes de proclamarse ante el sufrimiento. Fuego que prende desde antes de darnos cuenta de nuestra propia existencia, creando un vínculo, que como cadenas forjadas en un volcán, casi utópico el que puedan romperse. No sé qué experimenta una madre por sus hijos, supongo que será como una fuerza ruda con raíces a sus pies prosperando por cada fruto que emana de sus ramas, creciendo para hacer crecer su dulce fruto. Único y singular. Como la mayor obra de arte conocida. Lo que sí sé es como una madre puede lograr convertir una semilla en una preciosa persona llena de sabor. Porque no somos lo que comemos, somos lo que nuestra madre nos ha dado de mamar, con esas manos tan fuertes como el acero rompiendo diques como migas de pan.
El crudo destino no quiso que ella estuviera aquí para vernos madurar a las vidas que nos otorgó. Insuficiente tiempo el que la tuvimos aquí. Complicando así lo incomplicable. Mas allá donde esté, bebimos de su ausencia, enseñándonos más de lo que creíamos poder alcanzar saber. Engrasando nuestros pobres corazones de hierro, evitando que se oxiden bajo la brisa de la madrugada. Diferente sangre, una misma herida imposible de sanar. Todavía así, su distancia nos unió. Nos hizo ser más fuertes, no obstante, no tanto como lo fue ella por nosotros. Y aunque no sé dónde acabaremos, será siempre juntos y con mucha valentía como ella nos hizo ser. Qué gran razón lo de que madre solo hay una, ¡pero qué una! No puedo felicitarte a ti, sino a nosotros, a Cayetano, Pilar y a mí misma, por tenerte como madre. 

19 abr 2014

Suplico a la tortura

Un bello día creí estar habitando el firmamento, contemplando la dicha prematura. Me otorgaron el placer más divino de los semejantes, durando más de un año me aferré a él aun no teniendo mucho más y perdiéndolo todo. Las piedras iban cayendo pero yo usaba ese calor para aguardarme del frío de sus cantos afilados. Sentirse completo, valiente incluso, hacia la vida misma. Confiando más en mí que en él, hasta entonces sorprendente. Buscando por los rayos del sol, cogida de la mano de su luz que brillaba por los dos. Canalla ilusión de estabilidad y saltos de los que nunca volvías a tocar el suelo, flotando en el bienestar. O eso pensaba yo, esa niña a la que le habían limpiado los zapatos los colores del querer. No sé cuándo la roca llegó a alcanzarme, y empezó la desconfianza de lo que podría suceder, convirtiendo placer en temor, logrando poco a poco, como el avance de un leopardo en caza, la irremediable caída del cielo hacia un fosa en el océano. Todavía así, mirando hacia arriba, con la esperanza de volver a encontrarme como en aquel lugar. Pero me hallaba ya perdida, llegando a ese final de cartón mojado. Y con él, volvería a los complejos de una niña que cedió su intimidad a quien no la deseaba más que a cualquier otra. Percatándose así, de su pobreza interior. Ahora, suplico a la tortura, para que no me deje sentir más que mi aliento en este gélido cuarto oscuro.