22 may 2011

Reflejo de una niña en su espejo roto...

Caen al suelo espejos, se rompen en minúsculos trozos. Chocan unos contra otros; saltan; rebotan; se dispersan por la superficie. Juguetean brillantes en el aire como copos de nieve guiados por invisibles juglares. De pronto, cesa el estampido musical. Los soldados juran al silencio. Los sueños desvanecen. Sólo queda minucia en el lugar. Me parece observar la queja de una mirada entre los trozos más grandes, luego recorro la nariz distorsionada hasta hallar unos labios desquebrajados. Analizo una fachada destrozada por lo más evidente. Es así como soy, el reflejo de una niña en su espejo roto. Sueños hechos añicos, sentimientos helados subyaciendo en un corazón que cada vez late más despacio, amenazando con parar. Caos mental en una existencia somnolienta de un simple jumento más en su propio suburbio. 

Melindrona

5 may 2011

Indago entre los rayos del sol...


Ya estoy despierta. Me muevo, no sé qué hacer ni dónde estar, estoy inquieta. Es pronto. No me preocupo por ello, busco. Recorro la estancia, me acuesto en la cama, no siento nada. Me siento en el suelo, no lo nada. Me muevo, siento cierto nerviosismo. Camino por los pasillos en busca de algo con lo que distraerme, mas no sé el qué. Todo es poco. La comida no me sacia. Noto el frío de la superficie del suelo en mis pies descalzos. Me gusta. Me encuentro cómoda. No cambia nada, decido salir. Abro el armario, husmeo entre mis vestimentas oscuras, pero opto por lo claro. Me ato los zapatos, más fuerte que nunca. Dispuesta a salir cojo mis cosas, me enlazo el bolso entre mi cuerpo y abro la puerta. Agarro el pomo con prisa, como desesperada, y lo giro. Deja entre ver una franja de luz que me llama. Procedo. ¿Qué veo? Me fascino. Admiro los rayos de sol impacientes por encontrar mi piel, que se ilumina hasta brillar como las estrellas. Me agrada. Comienzo a bajar las pocas escaleras que me separan del mundo. Atravieso la calle con ganas. Alguien me saluda, me sonríe. Se la devuelvo. ¿Qué me pasa? ¿Estoy sonriendo yo también? Exacto, encuentro mi sonrisa en el reflejo de algún coche. Sale sola, no la puedo controlar, ni quiero hacerlo. Sigo callejeando sin saber a dónde ir. Pero me da igual, porque estoy a gusto. Me encuentro viva, llena. Me siento bien. ¿Por qué será? ¿Por qué ahora? No hallo respuesta, y no me importa. ¿Para qué buscar explicación? ¡Estoy bien! No quiero pensar, quiero sentir.

Sigo indagando por los primeros rayos de sol que salen entre las nubes, tímidos. Lo encuentro por fin, y sin saber que lo buscaba. Es un banco de madera desgastado en un lugar de un parque desierto, es el lugar que estaba esperando encontrar sin ni si quiera saberlo. Me acomodo maravillada por su esplendor en el asiento. Todo es tan bonito. Todo está tan tranquilo, sólo se oye la mañana. No paro de sonreír. Observo mi alrededor, y ahora sí lo hallo de color, reluciente.
¿Habré pasado la tempestad? ¿Será solamente la calma en el ojo del huracán? No consigo pensar, sólo puedo ver. Veo como el viento mueve las hojas, como un perro corre a lo lejos detrás de su dueña, como huele a fresco, como me erizo entre tanto asombro. Estaré volviendo a vivir, pienso. A llenarme de luz. Vuelvo a ser persona.
Melindrona


1 may 2011

Asomándome al exterior...

Cierta vez, un amigo, gran observador de lo que él llama "cuadra de humano", me dijo: " Sientes tanto por dentro y tienes tanto que decir que te da miedo hacer salir todo eso que llevas en tu interior porque no sabes si el exterior podrá soportar tanto". Dichas palabras me llegaron, anduve en ellas tiempo sin comprender la gran serenidad que tenía esta gran persona. Otro ilustre amigo mío me dijo hace algún tiempo no muy lejano que todo aquello me había obligado a formar una gigantesca coraza para protegerme del temido exterior. Hay me pregunto: ¿Por qué tengo tanta desconfianza a ese exterior? Hace algún tiempo averigüé al porqué de mi admiración al Arte y también el porqué decidí escribir este Blog: para acercarme a ese misterioso exterior insinuadamente, como asomándome a él. 
¿Qué puedo decir de mí? No muchas cosas buenas, tal vez sea esa la razón por la que me cierre tanto en mí misma. Me he esforzado tanto para evitar el dolor que he llegado hasta agotarme. Un dolor que no se puede rehuir, un dolor que es como el mar, siempre está ahí pero no en el mismo estado, unas veces sube cubriendo y otras baja dejando ver lo que escondía debajo. Lo único que yo he hecho es intentar es ignorarlo, caminar sobre la cumbre de la montaña sin mirar hacia abajo, como si no estuviera ahí. Pero está, no va a desaparecer como el humo de las colillas en el aire. Y cuanto más camino sin mirar, más me acerco al acantilado, y cuando esté sobre él será demasiado tarde y veré que tanto esfuerzo no ha servido para alargar la angustia. Entonces, ¿qué he conseguido encerrándome en mi propia persona? Sólo sé que no he podido esquivar el dolor como quien saltea una roca en su camino, al ignorarlo he alargado su permanencia en mi interior, incluso acostumbrándome a él, conviviendo con él. Y después de tropezar tanto he llegado hasta aquí, a una vida desaborida, sosa. Al final, intentando no ahogarme, huyendo de lo imposible, únicamente he conseguido prolongar este sufrimiento hasta hacerlo permanente. Hoy me enfrento a mis actos, que siempre han ido dirigidos a no cometer los mismos errores con los que me crié. Pero a mis 17 años me doy cuenta de que el pretender no sufrir para no acabar convirtiéndome en lo que más temo ha hecho que termine siendo la persona que tanto he deseado evitar ser. 
Una persona llena de sufrimiento no vive, sólo continúa su existencia. Te das cuenta un día, cuando admiras tu alrededor y no sientes nada. Como en una resaca, notas un malestar con el que crees que puedes aguantar el día, un día costoso. Una lucha contra tu propio cuerpo. Dejas de luchar, acabas por abandonarte, sólo deseas perderte entre la oscuridad. Y si ya comienzo a sentirme así ¿para qué tanto trabajo? ¿Para qué esconderme? No quiero caer. Necesito dejar de desconfiar, de huir de la luz. Tengo que dejar de esconderme. Salir de la oscuridad en la que permanezco por miedo. Asomarme a ese gigante mundo sin cobardía.


Melindrona