Me gustaría escribirle a la persona de quien se compone de un envoltorio difícil de captar en una imagen instantánea. Cual belleza seríamos incapaces de abarcar ni en un elavoradísimo retrato en pan de oro del mismísimo Botticelli porque lo que amamos, lo que más apreciamos no somos capaces de encontrar su perfección. Nunca nos va a parecer que está bien trabajado. Queda continuamente por debajo de nuestras desmedidas expectativas. Me gustaría hablarle a esa persona cuya dulzura no es equiparable ni con la miel de la despensa de nuestra querida abuela. Cual melosidad impregna nuestros recovecos amargos deshaciéndolos en insignificantes migas. Me gustaría recitarle a la persona que no mereció, pero tuvo igualmente pena, autora de sus heridas mal sanadas por una pésima gasa de muros y barreras. Cuyos cercos bloquearon lo áspero y funesto, mas lo fascinante y primoroso tampoco puedo penetrar a saludar a la delicada joven. Me gustaría dedidarle mi atención a la joven de piel pálida e intentos ojos que se desplaza por el umbral de la naturaleza como una mariposa en una ciudad. Contrastando con el entorno sin ser apenas percibida. Esa pequeña que teme no sentir, no poseer unos sentimientos y emociones habituales, sin saber que el mayor sentimiento, el más poderoso y por el cuál construimos nuestra particular esencia no es sino aquel: el miedo. Me gustaría explicarle que por más que el tiempo trascurra, esa niña que levantaba muros para no tener que enfrentarse a la batalla más dura sigue encontrándose en este lugar escondida. Y ya no sabe cómo escapar, lo ha hecho su hogar. Me gustaría poder indicarle la manera de escabullirse, pero ni todavía yo sé cómo enfrentarme a mi propia contienda. Sin embargo, le llevaré el sol por muy disparatado que parezca para que así, pueda ver las grietas que esos diques debilitan.