18 dic 2014

La carencia atiborra el odio

Me encienden las habladurías persistentes al paso del tiempo, a bocas de muchos dientes y pestilentes alientos que, como cochinos, disfrutan revolcándose en el fango. Lodo ajeno, ya que en sus espléndidas vidas bajo la axila materna no encontraron mayor regocijo. Me hierve mi propia raza al mencionar, a un aludir crudo y vacío de empatía. A cantar con ímpetu me enseñaron los carroñeros, yo solo era un animal que buscaba alimento en un desierto arduo de recorrer y sólo encontró un oasis imaginario. Me pierdo entre animadversión de quienes no son más que heces en un váter sucio, queriéndome llevar con ellos a esa inmundicia en la que viven absortos de mentiras. Falacias arrojadas por esa persona que un día fue, y ya no será. Psique sin conciencia, sin más pesar que su placer. Hubo un tiempo en que esa pobre muchacha sentía pena y tortura por sus maltratos, mas hoy solo encuentra ira. Me acalora la aversión de mi reflejo en ese espejo que me recuerda que sigo respirando. Ya no me tropieza el desconsuelo, no caen lágrimas por mis rosadas mejillas. La carencia atiborra el odio, aflorando de mí desprecio y cólera. Desearía cosas inimaginables que si pudiesen concederme mis sádicas fantasías pagaría eternamente en el averno. Sé que no es lo correcto ni bien me hace, sin embargo, es mejor que el desvelo y una arrogante melancolía destruyendo lo poco que me quedaba. Así es, me regodeo entre el odio que me hace marchar del pasado. Estoy sucia, pero despierta. Exhalando todo lo tétrico que desgarra mis entrañas.