Amanece dentro de la oscura habitación, como preámbulo de película de ficción. Se ilumina parte del techo, el rincón donde he dejado tirada la ropa sucia, el escritorio donde antes describía amargos momentos, la alfombra desaliñada y por último, la cama donde me encuentro desde hace demasiado tiempo. Sigo en horizontal, mirando las luces que varían reflejadas en el techo, jugando con la mirada. Como mapa en el camino perdido, sigo los rayos hacia la ventana, me incorporo como un bobo persiguiendo una colorida pelota, embaucado por esa luz celestial que atraviesa el cristal como si humo fuese. Me asomo y me sorprendo, siento como el frío desaparece de mi piel al contacto con el ardiente sol. Comienzo a brillar, ¿será que vuelvo a encontrarme indagando entre los rayos del sol? No lo sé, solo comprendo que me encuentro maravillada con el exterior, sin esas cadenas que me oprimían en la oscura cama helada. Eso quiero ser ahora, libre, cual perro rescatado de la perrera. Así me sentía, abandonada en una jaula por el ser más querido que tuve, oliendo a serrín mojado. Ahora soy un animal callejero que se junta con diablos rubios que me mantienen despierta cuando el peligro acecha. Y como cualquier animal perdido, en busca de un lugar donde construirme mi madriguera de cartón esperando a que me visite la dicha bienaventurada.