19 feb 2011

¿Cómo estoy?

Exhausta. Me siento como si la persona que se halla dentro de mí estuviera desvaneciéndose. Esa misma sensación de debilidad confusa al estar muriendo se sed. Como la garganta, el alma tengo seca. Rodeada de oscuridad inmensa, sin encontrar sabor alguno en la comida. Sólo huele a desesperanza, un olor hediondo como el de un cadáver. Me encuentro débil y frágil ante el mundo. Un mundo marcado por la necesidad. Me veo muda ante la palabra, sumisa al dolor. Suturando un pasado indeleble, repleto de espinas de rosas muertas.
¿Seré demasiado susceptible, quizás? No lo sé, sólo sé que me siento sola, inmensamente sola. Siempre ha sido así, aun sin saberlo. No obstante, ahora sí lo sé muy bien. Sé que no tengo donde agarrarme cuando llegue la tormenta.
Agotada, vacía, cansada de desilusionarme, de desmotivarme, de pasar frío, de estar en búsqueda continúa de una felicidad que se esconde. No encuentro nada que haga que al acostarme no sea igual que al levantarme. Estoy verdaderamente atrapada en mí, cada día más. Tengo miedo, más que nunca, de enfermar. Una enfermedad que devora. Ya lo he visto antes. He observado como la soledad destroza una persona, la cual murió antes de que su corazón dejara de latir. Porque una persona sola, es una persona muerta. Yo me recuerdo en ella al mirarme al espejo, me veo más parecido cada día que pasa. No por mis facciones, sino por mi mirada, una mirada deshabitada. Ardo en pánico de convertirme en aquella persona a la que tanto he recordado cada uno de los días de mi existencia, sin saber que tarde o temprano acabaré por perderme en mi temor como ella, un laberinto en el cada vez está más lejos la salida.
Entonces, ¿cómo estoy? Lo sé demasiado bien: estoy asustada. ¿Y qué necesito? Es muy sencillo, necesito sentirme bien.

Melindrona


¿Por qué lloro?

Hoy no voy a escribir como hasta ahora. Hoy estoy apagada, no tengo ganas de nada. No sé el porqué. Ha sido un día normal. Pero no todos los días son iguales, ¿verdad? Hay días buenos y malos, felices y tristes. En estos días, en los días como hoy, me siento como un triste caracol que saca su cuerpo al sol y cuando, por primera vez, ve la luz, un zapato lo devuelve a la oscuridad. Todo lo que hay a mi alrededor me afecta. No soy capaz de hablar, de expresar mis sentimientos, de hallar una respuesta a mi sufrimiento. No soy capaz ni tan si quiera de levantar mi dolorida cabeza. Solo soy capaz de llorar, de llorar tanto como para secar mis ojos. Seguro que os habéis sentido alguna vez así, con mil y una imagen rondando vuestra cabeza haciéndoos recordar los peores momentos. Esos momentos en los que todo se ve negro. Estoy harta de llorar, he llorado cada noche de mi vida, en esas noches en las que mi almohada se convertía en una esponja de tantas lágrimas derramadas sobre aquel apoyo que tenía. ¿Por qué lloro? ¿Por qué me siento así? No tengo una respuesta, solo sé que quiero parar. Os voy a confesar una cosa, yo soy de las personas que dicen que el mundo es maravilloso, pero ahora mismo, renunciaría a él sin pensármelo.
Melindrona.

Mi felicidad.

 Hay días en los que no te encuentras, en los que no soportas a nadie, ni a ti mismo, hay días en que todo se vuelve contra ti. Pero también hay días en los que sí te encuentras, en los que no pones ni una mala cara, días en los que te encanta vivir. Esos días existen, y hay muchos, pero al lado de los de más días parecen pocos. Esos días hay que vivirlos, hay que ser más positivo y sonreír. En esos días todo parece estar bien, y si aparece algún mal, lo miras con bueno ojos y pasas de largo. Te sientes seguro, abierto, despierto, y sobretodo te sientes feliz. La felicidad es cuando te sientes así, no cuando lo tienes todo y el mundo está a tu alcance, es cuando eres tú mismo te relajas y sientes un bienestar que te corre por todo el cuerpo hasta llegar a la cara. Entonces tu cara cambia. Tus ojos se abren más que nunca, por tu nariz respiras aromas de felicidad y tu boca enseña los dientes un poco más de lo normal. Esa sonrisa se nota, aunque tú no lo veas, pero lo notas. Todo cambia, vuelve a su ser. Y a ti te gusta sentirte así y quieres que ese día no pase. Pero si n lo hiciera no sería lo mismo, te acostumbrarías y ya no te sentiría igual de bien. Por eso la felicidad es así, aparece cuando menos te lo esperas, sin importar quién seas, para que la vivas intensamente. Yo cuando me siento así, si puedo, me pongo en la esquina de mi cama a ver la luz que entra por la ventana de la habitación, luego m doy una ducha larga y me voy a un parque, me siento en un banco y miro a la gente que pasa. Después me voy a la punta de mi pueblo donde no hay nadie y me subo a la rama de un árbol y pienso. Pienso en mi vida, en lo que he pasado. Recuerdo. Entonces lloro, lloro hasta que me duelen los ojos y tengo rojos los mofletes. No lloro porque esté mal, lloro porque quiero. Por lo malo y por lo bueno. Miro hacia atrás, al pasado. Recuerdo las noches que no he dormido, que he escuchado llorar a mi madre, las noches en las que veía ami hermana dar vueltas por la casa nerviosa, como si no pudiera estar más allí, las noches en las que mi hermano me abrazaba y me calmaba, y se quedaba dormido a mi lado sin soltarme, las noches en las que me metía bajo la cama para intentar no oír los gritos ni los golpes, y me quedaba durmiendo al rato, y luego mi hermano me sacaba de ahí, me daba un beso y me metía en la cama, las noches en las que para mí la vida era lo peor que podía existir. Pero después pienso en las noches de ahora, noches tranquilas, solo preocupada por mis hermanos, pero nada más. Entonces lloro por lo feliz que estoy, por lo agradecida que estoy con mis tíos, por lo fuerte que soy al superar y seguir adelante y por mantener mi promesa en pie. Lloro por lo que me a cambiado la vida. Después de llorar me encuentro mucho mejor. Luego salto de la rama y llamo a mis hermanos y voy a verlos. Cuando me voy a casa de mis tíos rodeo mi pueblo para andar y en cuanto llego les doy un beso y me voy a dormir. Esos son mis días felices, pero cada persona tiene los suyos. La felicidad no es algo raro ni algo que solo pase una vez en la vida. La felicidad es un día especial. No sé por qué escribo esto, tampoco creo que lo lea alguien, pero si lo hacen solo espero que se fijen más en su vida diaria.
Melindrona




Desigualdad

El término desigualdad es aquel que diferencia una cosa de otra, por insignificante que sea. Los humanos hemos tomado la desigualdad como algo que nos diferencia entre nosotros hasta no poder tener los mismos derechos. Desde que el mundo es mundo, desde que el hombre es hombre, siempre ha sido lo mismo. Desigualdad entre nosotros, entre animales y plantas. No vemos que todo es diferente pero a la vez igual. Seres con vida propia que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Los humanos hemos nacido con unos dones más avanzados que nos permiten hacer muchas más cosas que el resto de los seres vivos. Hemos creado muchas cosas y hemos destruido muchas otras. Pero seguimos intentando sobrevivir y que los de nuestra especie sigan con estos dones. Pero hay un pensamiento que nos impide avanzar, entre otros muchos. A este le hemos puesto el nombre dedesigualdad. Nuestros pensamientos son los pensamientos que van a tener nuestros hijos, y esta aversión es la que van a heredar de nosotros. ¿Es lo que queremos? Unos dirán que sí y otros que no. Los que dicen que sí son los que están “por encima” y no sienten la pobreza de lo que es estar “debajo”. No conocen el rechazo y el miedo. Creo que la desigualdad a medida que avanzamos se combate, pero se combate mal. La igualdad no se consigue cambiando la forma de hablar de los políticos (“miembros y miembras del gobierno”) o el color del telediario, creando leyes que favorecen a un género,  poniendo a mujeres presentando los deportes, ni utilizando eufemismos para hablar de inmigrantes. Se combate eliminando esas pequeñas diferencias que se resaltan y no se deberían ni prestar atención. Soy mujer, pos sí, SOY MUJER, pero me da igual que me digas “macho”, lo voy a seguir siendo y no me siento discriminada por ello. Soy de Estocolmo, poes como si soy de Paraguay. Para cambiar estos aspectos hay que mentalizarse, unos mismos. Olvidarse de qué nos separa, y aprender a convivir. No creando Ministerios de Igualdad, que acreditan el problema, separándonos aún más. Olvidémonos de esas diferencias sin importancia. Somos diferentes e únicos, pero somos humanos: personas con los mismos derechos. Somos iguales a la vez de distintos. Y eso es lo que nos hace tan maravillosos.