Exhausta. Me siento como si la persona que se halla dentro de mí estuviera desvaneciéndose. Esa misma sensación de debilidad confusa al estar muriendo se sed. Como la garganta, el alma tengo seca. Rodeada de oscuridad inmensa, sin encontrar sabor alguno en la comida. Sólo huele a desesperanza, un olor hediondo como el de un cadáver. Me encuentro débil y frágil ante el mundo. Un mundo marcado por la necesidad. Me veo muda ante la palabra, sumisa al dolor. Suturando un pasado indeleble, repleto de espinas de rosas muertas.
¿Seré demasiado susceptible, quizás? No lo sé, sólo sé que me siento sola, inmensamente sola. Siempre ha sido así, aun sin saberlo. No obstante, ahora sí lo sé muy bien. Sé que no tengo donde agarrarme cuando llegue la tormenta.
Agotada, vacía, cansada de desilusionarme, de desmotivarme, de pasar frío, de estar en búsqueda continúa de una felicidad que se esconde. No encuentro nada que haga que al acostarme no sea igual que al levantarme. Estoy verdaderamente atrapada en mí, cada día más. Tengo miedo, más que nunca, de enfermar. Una enfermedad que devora. Ya lo he visto antes. He observado como la soledad destroza una persona, la cual murió antes de que su corazón dejara de latir. Porque una persona sola, es una persona muerta. Yo me recuerdo en ella al mirarme al espejo, me veo más parecido cada día que pasa. No por mis facciones, sino por mi mirada, una mirada deshabitada. Ardo en pánico de convertirme en aquella persona a la que tanto he recordado cada uno de los días de mi existencia, sin saber que tarde o temprano acabaré por perderme en mi temor como ella, un laberinto en el cada vez está más lejos la salida.
Entonces, ¿cómo estoy? Lo sé demasiado bien: estoy asustada. ¿Y qué necesito? Es muy sencillo, necesito sentirme bien.
¿Seré demasiado susceptible, quizás? No lo sé, sólo sé que me siento sola, inmensamente sola. Siempre ha sido así, aun sin saberlo. No obstante, ahora sí lo sé muy bien. Sé que no tengo donde agarrarme cuando llegue la tormenta.
Agotada, vacía, cansada de desilusionarme, de desmotivarme, de pasar frío, de estar en búsqueda continúa de una felicidad que se esconde. No encuentro nada que haga que al acostarme no sea igual que al levantarme. Estoy verdaderamente atrapada en mí, cada día más. Tengo miedo, más que nunca, de enfermar. Una enfermedad que devora. Ya lo he visto antes. He observado como la soledad destroza una persona, la cual murió antes de que su corazón dejara de latir. Porque una persona sola, es una persona muerta. Yo me recuerdo en ella al mirarme al espejo, me veo más parecido cada día que pasa. No por mis facciones, sino por mi mirada, una mirada deshabitada. Ardo en pánico de convertirme en aquella persona a la que tanto he recordado cada uno de los días de mi existencia, sin saber que tarde o temprano acabaré por perderme en mi temor como ella, un laberinto en el cada vez está más lejos la salida.
Entonces, ¿cómo estoy? Lo sé demasiado bien: estoy asustada. ¿Y qué necesito? Es muy sencillo, necesito sentirme bien.
Melindrona