Caen al suelo espejos, se rompen en minúsculos trozos. Chocan unos contra otros; saltan; rebotan; se dispersan por la superficie. Juguetean brillantes en el aire como copos de nieve guiados por invisibles juglares. De pronto, cesa el estampido musical. Los soldados juran al silencio. Los sueños desvanecen. Sólo queda minucia en el lugar. Me parece observar la queja de una mirada entre los trozos más grandes, luego recorro la nariz distorsionada hasta hallar unos labios desquebrajados. Analizo una fachada destrozada por lo más evidente. Es así como soy, el reflejo de una niña en su espejo roto. Sueños hechos añicos, sentimientos helados subyaciendo en un corazón que cada vez late más despacio, amenazando con parar. Caos mental en una existencia somnolienta de un simple jumento más en su propio suburbio.
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