19 abr 2014

Suplico a la tortura

Un bello día creí estar habitando el firmamento, contemplando la dicha prematura. Me otorgaron el placer más divino de los semejantes, durando más de un año me aferré a él aun no teniendo mucho más y perdiéndolo todo. Las piedras iban cayendo pero yo usaba ese calor para aguardarme del frío de sus cantos afilados. Sentirse completo, valiente incluso, hacia la vida misma. Confiando más en mí que en él, hasta entonces sorprendente. Buscando por los rayos del sol, cogida de la mano de su luz que brillaba por los dos. Canalla ilusión de estabilidad y saltos de los que nunca volvías a tocar el suelo, flotando en el bienestar. O eso pensaba yo, esa niña a la que le habían limpiado los zapatos los colores del querer. No sé cuándo la roca llegó a alcanzarme, y empezó la desconfianza de lo que podría suceder, convirtiendo placer en temor, logrando poco a poco, como el avance de un leopardo en caza, la irremediable caída del cielo hacia un fosa en el océano. Todavía así, mirando hacia arriba, con la esperanza de volver a encontrarme como en aquel lugar. Pero me hallaba ya perdida, llegando a ese final de cartón mojado. Y con él, volvería a los complejos de una niña que cedió su intimidad a quien no la deseaba más que a cualquier otra. Percatándose así, de su pobreza interior. Ahora, suplico a la tortura, para que no me deje sentir más que mi aliento en este gélido cuarto oscuro.

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