Miro desesperada mi alrededor. Toco las sábanas que cubren mi cuerpo. Acaricio su textura, siento su suavidad. Me sosiego. Apoyo la cabeza, fuente de creación, en mi sencilla almohada. Siento su comodidad, me relaja. La abrazo apretándola contra mi cuerpo. Encuentro mi propio calor, mas no es suficiente. Extiendo mi figura sobre el colchón. Miro al techo, el cual ha presenciado tantas veces mis sufrimientos y alegrías. Compañero de pintura blanca, ausente de color, como la infelicidad. Ya que una vida sin colores no es una vida plena. Abandono ese manto blanco, puede que por miedo a enfrentarme a la verdadera cuestión. Observo el gotelé de las paredes de color pastel, no hallo figuras. Coloco mi mano sobre el duro yeso. Noto frío, me irrita. Observo como la luz de la lámpara proyecta sombras en los pliegues de las cortinas. Telas capaces de tapar lo que no queremos ver y más lo que no queremos enseñar, como los párpados. Cansada de mirar nada me acomodo de lado y cierro los ojos. Dejo a un lado lo externo para centrarme en mí. Oigo mi respiración, mis latidos, los sonidos de mi estómago. Trago saliva y comienzo a pensar. ¿Qué es lo que busco? ¿Por qué no lo encuentro? Busco entre la bulla del silencio, mas no encuentro. Me dan ganas de desollarme para ver si así consigo ver lo que tanto ansío encontrar. ¿Qué será aquello que hace que no me sienta llena? ¿Dónde estará? Me siento tan vacía. Un sentimiento tan desolador. No consigo averiguar lo que busco ni dónde puedo encontrarlo, lo único que sé es que lo necesito, porque sin él no soy más que un cuerpo en blanco rodeado de neblina.
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar