Todo empezó hace un tiempo, relativo para quién lo mide, como una ficción abarrotada de obstáculos y apuros. Todavía recuerdo ese angustioso olor a dolor por todo mi oscuro hogar, casi lo puedo palpar y hacer remolinos con el ambiente. Ya tenía una edad que ya no me permitía seguir fingiendo que no me percataba del asunto. Recuerdo que pensé que aprendería a saber encajarlo, pero no fue así. Puede que ya entonces ya fuese una mujer, pero siempre me he sentido como aquella niña que sentada en un columpio, en la más oscura noche, pensó que si no volvía, seguramente nadie repararía en ello. Esa sensación de inseguridad sigue evocando en mí cada vez que respiro la soledad en un espacio abierto. Me siento la más frágil de las niñas que espera en el parque a que, algún día, vengan a recogerla, temiendo que ese día nunca llegue. Me detesto por ello, por ser frágil. Por ser consciente del abismo que se halla en mí.
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