Trechos de la propia vida en los que no se acaban encontrando un puerto donde amarrarse a recortarse, sino que la marea termina abandonándonos en una lamentable roca en medio del mar. En mi caso, el pánico se adueña de mí al acercarme a la inmensidad del mar. Esa enorme charca de agua donde no cesa el movimiento, donde la luz no llega al fondo y los peces grandes se comen a los pequeños mientras los demás se ocultan entre las plantas para despistar a los más ingenuos. Puede que esa similitud con la vida humana sea la causa de mi temor, pero claro está que no soy más que una niña que no sabe jugar con sus cosas. Sin embargo, sé que siento un desmesurado miedo al afrontar el resultado que este periodo me ha prestado como una cuchillada hiriendo mis anhelos. Puede que no sea capaz de volver a construir el edificio que me haga alcanzar la ventura de este escuchimizado cuerpo. Pero, ¿qué es eso? Advierto mis dientes de leche a través de los pedazos de espejo roto del suelo, sí, son los míos. ¿Qué ocurre? Son mis hoyuelos que dan intensidad a mis cristalinos ojos que parecen pintados. Sí, pese a la desgracia, sigo siendo una simple niña que avanza de berrinche en berrinche y que su esperanza la mantiene flotando sobre el mar con la confianza e inocencia de encontrar la isla más bonita de este juego. Buscaré por el sol, cogida de la mano de la luz.
¡Vaya 5 ultimas entradas! impresionantes. enhorabuena!!
ResponderEliminarJajaja. Gracias
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